ARMANDO MOIX - EL AYUDANTE DE PIRANESI



        Sí, ya sé que diez cafés son muchos, pero sírvame, ¿quiere? ¿Nervioso?
     ¡Claro que estoy nervioso! Llevo tres días sin pegar ojo, deambulando de
     aquí para allá, sin detenerme mucho tiempo, ni atreverme a descansar. Por
     eso necesito otra taza. No entiende, claro. Es imposible... Si me deja le
     explicaré. Me hará bien, me ayudará a mantenerme despierto. Me ayudará...
     Usted vaya preparando ese café, por favor.
        Soy abogado, y bastante bueno, aunque no lo parezca con este traje
     arrugado y sin afeitar. Seguramente huelo fatal. Tendría que haberme visto
     hace sólo unos días, cuando el mayor de mis problemas era un juez molesto
     o el inesperado aplazamiento de alguno de los juicios. Mi especialidad es
     el derecho sucesorio. Debo compartir ingresos con un socio de bufete y,
     aunque no tenemos una clientela muy amplia, sí es lo suficientemente
     selecta como para permitirme una vida cómoda. Algo ayuda, además, el no
     perder la cabeza por los lujos. No echo de menos un coche potente o una
     casa en la costa, ni cuento con esposa o hijos a quienes deberme. Sin
     embargo tengo una debilidad a la que no me importa rendir buena parte de
     mis ingresos: me encanta el arte. Siempre me ha gustado y no sé porqué:
     nada en mi educación me predispone a ello. Tal vez me sirva para compensar
     tantas horas entre autos y ordenanzas, para poner algo de poesía en mi
     vida... Colecciono pequeñas cosas. No soy un Thyssen, entiéndame. Dibujos,
     grabados, alguna acuarela; casi nada anterior al XIX... ¡Ah, gracias! No,
     no quiero azúcar.
        ¿Por donde iba? ¿Le he dicho que soy abogado? Sí, claro. Todo empezó
     con un cliente satisfecho... ¡Maldita sea! Si se me permitiera retroceder,
     si pudiera volver a aquel momento... Parece un siglo y hace sólo una
     semana que al llegar a la oficina Beatriz, mi secretaria, me dio un tubo
     de cartón traído por un mensajero. Me lo llevé al despacho y abrí el sobre
     adosado al paquete con cinta adhesiva. En su interior encontré una nota en
     la que uno de mis clientes, Alfredo Gozzi, renovaba su agradecimiento por
     mis servicios y me rogaba aceptase aquel presente.
        Alfredo es uno de los sobrinos del difunto Domingo Gozzi, patriarca de
     una saga de financieros barceloneses. Al morir dejó una fortuna enorme en
     acciones, bonos e inmuebles que sus tres sobrinos se iban a repartir a
     partes iguales. El viejo Gozzi poseía también una importante pinacoteca
     acumulada por su familia a lo largo de los siglos, una colección que por
     sí sola vale cientos de millones. Todos presumían su división, como con el
     resto de los bienes; pero, para su sorpresa, descubrieron que la voluntad
     última del patriarca fue que la colección permaneciese unida. La había
     legado en exclusiva a Alfredo, su hombre de confianza en los negocios.
     Como no hacía ni un año de la redacción del testamento, los restantes
     herederos lo impugnaron, argumentando que la larga enfermedad había
     mermado las facultades mentales del anciano... Creo que le aburro.
     Perdóneme; pasaré sobre los detalles legales e iré al meollo del asunto.
        La batalla ante los tribunales resultó dura. Ambas partes tenían
     suficiente dinero como para costearse lo mejor de lo mejor en su defensa,
     y nadie quiso dar el brazo a torcer. Por suerte su argumentación estaba
     traída por los pelos y logramos resistir los embates. El juez dio la razón
     a mi cliente.
        Alfredo Gozzi creía necesario demostrar su contento con algo más que el
     pago de las minutas. Bienvenido fuera. Los regalos de los clientes suponen
     una agradable prima, que, encima, no debemos reseñar en los libros de
     cuentas. Quité curioso la tapa a uno de los extremos del tubo y extraje de
     su interior un papel enrollado. Lo desplegué.
        Se trataba de un dibujo realizado a la aguada, de unos cincuenta
     centímetros de largo, evidentemente antiguo por el tono sepia que la tinta
     había adoptado con el paso de los años. Me gustó inmediatamente.
        Al primer golpe de vista lo creí un típico paisaje con ruinas del
     romanticismo. Cuando me fijé mejor vi que, aun siendo un dibujo
     arquitectónico, no representaba la imagen exterior de un edificio, sino la
     de su interior. Un interior enorme; de ahí mi error inicial.
        Parecía un vestíbulo gigantesco, lóbrego, levantado con sillares, con
     unas claraboyas en su cúpula lejana que apenas servían para diluir la
     oscuridad con suaves pinceladas de luz. Cuerdas y cadenas pendían de
     poleas como restos de una tramoya desvencijada, y sin razón aparente se
     tendían en las alturas algunas pasarelas que acababan por cortarse de
     forma brusca o conducían a un muro vacío. A nivel del suelo, bocas de
     oscuridad sugerían subterráneos de acceso olvidado. Varias escalinatas se
     retorcían hasta perderse en una perspectiva de pilares, arcos y galerías,
     aparentemente infinita...
        El conjunto era atractivo y aterrador a un tiempo. Me recordaba
     aquellos grabados de Piranesi, las Carceri d'invencione. ¿No las conoce?
     Son una serie que ese artista italiano del siglo XVIII dibujó
     representando laberínticas mazmorras y salas de tortura. Una obra maestra.
     Busqué la firma en mi dibujo, esperanzado. En la esquina inferior derecha
     se leía: «G. Cordiani fecit. Anno Domini 1744». ¿Un discípulo de Piranesi
     o el simple ejercicio de copia de un estudiante de arte aventajado? La
     memoria me fallaba y no estaba seguro de si las fechas se correspondían.
     Lo dejé correr. No me sería difícil encontrar más tarde cuándo había
     estampado Piranesi sus aguafuertes. Con un suspiro de resignación volví a
     enrollar la lámina y la guardé; mis deberes profesionales me reclamaban.
        A las once debía defender un caso. Concentrado primero en la
     preparación de la vista y, después, en la exposición de nuestras razones
     ante el magistrado, llegué a olvidar el regalo de Alfredo Gozzi. Comí
     deprisa en un restaurante del Paseo Sant Joan y regresé por la tarde al
     bufete para atender mis citas con un par de clientes. Hasta las nueve de
     la noche no puse por fin los pies en casa con el tubo bajo el brazo.
        A pesar de morirme de impaciencia, me contuve de correr a la
     biblioteca. Estaba decidido a disfrutar con calma del placer intelectual
     de la investigación. Me puse cómodo, me serví un whisky y sólo entonces me
     arrellané en un sillón, rodeado de libros.
        El primer dato que me interesaba consultar era la fecha de las Carceri
     d'invencione, y la obtuve en un ensayo de Kenneth Clark, La rebelión
     romántica. Giambattista Piranesi realizó dos versiones diferentes de sus
     cárceles: la primera en 1745 y publicada en 1750, y la segunda en 1760,
     con la inclusión de dos láminas nuevas. Resultaba evidente que la aguada
     de Cordiani, datada un año antes, no era una imitación sino completamente
     original. ¿Podía llegar a pensarse que la relación se estableció a la
     inversa, que fue Piranesi el influido por el trabajo del olvidado
     Cordiani? Para confirmarlo necesitaba conocer alguna cosa de su biografía.

        En ninguno de los diccionarios de artistas lo encontré, ni tampoco en
     L'Arte Moderna, de Lavagnino, completísimo en cuanto a creadores italianos
     se refiere. No me extrañó, aunque resultara decepcionante. Por más que
     agradeciera mi trabajo, Alfredo Gozzi era un hombre de negocios y un
     inversor práctico. Jamás se habría desprendido de un Turner o un Gericault
     por complacerme. Sabedor de mi afición, un oscuro dibujante le bastaba
     para granjearse mi amistad sin mermar su patrimonio.
        Recordé entonces un libro leído algún tiempo atrás, una selección de
     las cartas de Horace Walpole. Como era común entre los jóvenes
     aristócratas de su época, el fundador de la literatura gótica inició en
     1739 un largo viaje por el continente, permaneciendo durante todo el
     invierno en una villa a orillas del Tíber. A raíz de su estancia había
     trabado amistad con importantes personajes de la sociedad romana, con los
     que mantendría una larga correspondencia. En aquellas cartas se
     intercambiaban anécdotas sobre los artistas locales y, por coincidencia de
     fechas, pensé en la probabilidad de hallar citado a Cordiani.
        No recordaba dónde lo había guardado y tuve que remover un montón de
     volúmenes hasta que el libro de Walpole apareció tras una pila de
     catálogos. Me senté a hojearlo. Pasaba páginas rápidamente, atento sólo a
     localizar el nombre del dibujante. Finalmente tropecé con él, en una
     epístola que el novelista inglés dirigía a su padre, Sir Robert,
     narrándole nuevas de sus corresponsales italianos. Satisfecho, proseguí la
     lectura con mayor cuidado.
        Al parecer Giacomo Cordiani había sido un personaje bastante famoso
     entre sus colegas: una especie de bufón del que todos tenían algo que
     contar, entre chismes reales e inventados. Aunque admiraran su técnica con
     los buriles, nadie acababa de tomarle en serio, con su fama de excéntrico
     que, curiosamente, parecía halagarle. Su devoción por el dibujo, la
     escolástica y los viejos tratados de alquimia sólo encontraban rival en su
     apego al vino. Cuando se excedía en su uso, cosa que sucedía casi a
     diario, gustaba de insultar tanto a los practicantes de la pintura galante
     como a los artistas modernos que tomaban la imitación servil del legado
     griego como una revolución. Avanzándose al espíritu del Romanticismo,
     Cordiani dirigía sus preferencias hacia el arte medieval. En lugar de
     dibujar el enésimo estudio del Coliseo, prefería hurgar en la sacristía de
     Santa María la Mayor para leer los viejos códices que ni siquiera los
     clérigos estaban ya interesados en estudiar; y mientras sus contemporáneos
     se extasiaban ante los restos de Herculano o un Apolo de Praxísteles, él
     defendía como modelo de belleza las tallas de las catedrales góticas y la
     melodía gregoriana del Dies Irae.
        Sólo parecía comprenderle Piranesi, recién llegado a Roma desde Venecia
     y autor de melancólicos grabados de las antigüedades también distantes del
     gusto común. A pesar de la mala fama de Cordiani, le dio cobijo en su
     taller y lo empleó como ayudante, antes de que sus desvaríos les
     distanciaran. Durante mucho tiempo había caminado por la estrecha franja
     que divide genialidad y locura, y al final acabó por caer en el lado
     equivocado. Algo aprendió en los viejos pergaminos... algo que había
     cortado las últimas hebras de las que pendía su razón. Decidiendo que sus
     investigaciones precisaban de otros maestros, Cordiani abandonó al
     grabador y se encerró en el ático de una casa de comidas, a pocos metros
     de la puerta del Pópolo, con un anciano cabalista al que frecuentaba desde
     hacía meses. Bajo la dirección de su nuevo compañero trabajaba sin cesar
     en dibujos que luego destruía furioso, en busca de una forma perfecta e
     inasible. Sólo se concedía un descanso al anochecer, para desentumecer sus
     miembros, vaciar una botella y respirar algo de aire puro. Durante semanas
     se vio vagar su silueta alta y desgarbada bajo los contrafuertes del
     Castel' San Angelo. Una y otra vez cantaba una endecha sobre las mentiras
     de Ovidio y el verdadero rostro de los dioses, y si, llevado de la
     curiosidad, algún otro paseante se le acercaba para preguntarle el porqué
     de esa insistente tonada, Cordiani callaba un instante, miraba a su
     alrededor, y musitaba en voz baja, como quien revela un secreto, que
     aquello era su estratagema «para vencer los engaños de Hipnos».
        Pero un día no apareció; ni lo hizo al siguiente. Sus escasas amistades
     empezaron a temer que hubiera tropezado con un mal encuentro durante sus
     paseos nocturnos. Encabezados por Piranesi, fueron hasta su buhardilla en
     busca de algún indicio de su paradero. Desde la calle no se distinguía
     ningún movimiento en el interior. Subieron las escaleras del figón,
     lúgubres y embebidas del olor a col y frituras. Llamaron. No contestó
     nadie; tras la puerta creyeron oír un quejido. Dudaron un momento si
     marcharse o forzar la entrada, y estando inmersos en esa discusión estalló
     en el desván un grito desgarrador. Ninguno había oído nunca nada igual.
     Parecía concentrar dolor y horror como ningún ser humano ha conocido, en
     una queja que no expresaba demanda alguna de auxilio, sino la más absoluta
     desesperación. Los recién llegados se estremecieron. ¿Qué estaba
     sucediendo allí dentro? Alguien había enloquecido: aullaba, gimoteaba y,
     de tanto en tanto, se arrojaba contra la puerta haciendo temblar sus
     tablas, preso de la furia o del más absoluto terror. Piranesi fue el
     primero en reaccionar y bajó a grandes trancos hasta la casa de comidas,
     en busca de un hacha con la que derribar la puerta. El dueño se la
     facilitó y le acompañó escaleras arriba. Tres golpes astillaron las
     maderas y les abrieron paso. Apunto estuvieron de caer bajo el envite del
     anciano, pues una vez abierta la puerta se lanzó hacia delante como una
     bestia rabiosa, los ojos desencajados, totalmente fuera de sí. Con su
     grueso cuerpo, el mesonero le cerró el paso y entre todos lo derribaron
     para sujetarle mejor, no encontrando modo de hacerle atender.
        El grabador entró en la buhardilla, descubriendo una imagen espantosa.
        Sobre la cama un cuerpo mutilado se entregaba a los últimos estertores.
     Las sábanas no podían absorber tanta sangre y ésta formaba charcos que,
     una vez colmados, se vertían en largos chorretones hasta el suelo.
     Piranesi se acercó; Cordiani -pues era Giacomo Cordiani aquel trozo de
     carne cortada y palpitante- levantó una mano e intentó hablar. Tosió,
     vomitó un espeso cuajarón... Murió.
        Las autoridades no dudaron ante las evidencias: el crimen era obra del
     cabalista, que en un rapto de locura había atacado a Cordiani. No cabía
     otra conclusión. Aunque Piranesi, como testigo, les hizo observar que muy
     poca sangre manchaba las ropas del anciano para considerarle responsable
     de tal carnicería, era inverosímil que un extraño hubiera podido atacar al
     artista y desaparecer, con la puerta atrancada por dentro y la única
     ventana de la buhardilla elevándose a más de diez metros sobre el suelo.
     El cabalista subió al patíbulo sin recobrar la razón, ni dar explicación
     cabal de lo sucedido.
        Enterraron a Cordiani dos días después de su asesinato, el día de reyes
     de 1745. Sin un céntimo en su haber, tuvieron que vender sus pertenencias
     para sufragar el sepelio, y el propio Piranesi, por colaborar, compró
     alguno de sus últimos dibujos, eximidos del destino de sus predecesores.
     El horrible final de Cordiani había sido suficientemente comentado como
     para que la ceremonia resultara multitudinaria. Muchos, que antes sólo
     habían mencionado su nombre para mofarse, asistieron con rostro contrito y
     palabras pesarosas en sus labios.
        Cerré el libro de Horace Walpole excitado. El mito del genio, del
     artista como ser diferente a los demás hombres, siempre ha tenido
     extraordinaria fortuna. Con todo y ser un pintor excepcional, buena parte
     del éxito actual de Van Gogh, pongamos por caso, se funda en su trágica
     existencia. Otros contemporáneos, no menos brillantes aunque de vida más
     reposada, pueden ser prestigiosos entre los conocedores, pero jamás
     gozarán del reconocimiento popular. Yo no era menos sensible a tal
     atracción y el relato había redoblado mi interés, por más que fuera
     consciente de que no debía dar completo crédito a lo leído. Quizá Walpole
     se había dejado llevar por la imaginación. Su novela El castillo de
     Otranto es muestra evidente de su gusto por la fantasía y los cuentos
     macabros; no sería extraño que hubiera cargado las tintas para dar mayor
     emoción a la historia. De todos modos, le daba consistencia el dato de la
     relación de Cordiani con Piranesi y que éste se hubiera quedado con su
     obra. ¿Era mi aguada uno de aquellos dibujos? La familia de mi cliente,
     los Gozzi, eran de origen italiano. Según me había contado en una ocasión,
     el primero en llegar a España fue un diplomático pontificio, a finales del
     siglo XVIII. Probablemente la aguada debió llegar con él desde Roma y,
     tras tantos tumbos, había acabado por recalar en mis manos.
        Volví a cogerla. La sujeté delante mío, estirando los brazos, y la
     estuve contemplado así un buen rato. Me perdí en la exploración de sus
     oscuros rincones, recorrí con la vista escalinatas y puentes, intentando
     descifrar el plano de su laberinto. Sentí una desazón, una impaciencia,
     como la que te invade cuando estás a pocos pasos de solucionar un
     rompecabezas y temes que la clave se te escape. No entendí por qué. Debía
     ser sólo producto del cansancio; había tenido un día muy duro.
     Efectivamente, me dolían los ojos y una enorme pesadez me abrumaba. Dejé a
     un lado el dibujo de Cordiani y me encaminé a mi habitación. Apenas me
     introduje entre las sábanas me quedé dormido.
        Aquella noche soñé con una intensidad que no recordaba haber
     experimentado en años, pero curiosamente no se produjo el extrañamiento
     del mundo vigil. Era consciente de estar dormido y al mirar a mi alrededor
     reconocí el escenario que me rodeaba como el reproducido en el dibujo de
     Cordiani.
        Me encontraba al nivel del suelo, en el amplio salón del que arrancaban
     todas las escalinatas. Al levantar la vista sentí vértigo. La cúpula
     estaba increíblemente alta, tanto que una curiosa neblina, como un velo
     deshilachado, aleteaba entre los puentes tendidos al vacío. Me puse a
     andar. En algún muro se abría un vano y de él una rampa descendía a las
     tinieblas. No me atraía bajar; prefería saber a dónde conducían aquellas
     escaleras aparentemente interminables y si alguna de ellas podría llevarme
     a las galerías que adivinaba a lo lejos. Fui hasta la más cercana e inicié
     su ascensión. A los pocos metros empecé a notar fatiga. Me costaba un
     trabajo excesivo subir los escalones, pues eran muy altos y no parecían
     estar calculados para una zancada normal, impidiéndome mantener un ritmo
     que resultara menos fatigoso. Intenté sostenerme en el pasamanos y no hice
     sino aumentar mi incomodidad. Con una altura que llegaba hasta mi hombro,
     más que ayudar, obligaba a una posición forzada y sumamente incómoda.
     Renuncié a usarlo y continué subiendo sin su sostén.
        Al llegar al primer rellano me concedí unos instantes de reposo. Era
     una explanada embaldosada casi tan grande como la inicial y servía de
     punto de arranque a nuevas escaleras. Para no confundirme decidí
     ignorarlas y seguir la tomada en un principio. Ahora se estrechaba un poco
     y se enroscaba alrededor de una columna de no menos de veinte metros de
     diámetro. Al subir e ir girando, la escalera quedó encajada entre la
     columna y el muro exterior y una súbita oscuridad me rodeó. Sin darme
     cuenta apenas, aceleré el paso. No me gustaba; me sentía perdido y
     vulnerable, avanzando casi a ciegas. Por fortuna, en su curva la escalera
     se desató del abrigo de la columna y fue ha desembocar a una terraza
     iluminada. Suspiré con alivio y me detuve. Me asomé al barandal para
     observar el camino que había seguido en mi ascenso. Un espasmo de terror
     me sacudió.
        En el punto en el que la escalera se ocultaba tras la columna, vi una
     sombra deforme proyectarse contra el muro por un instante, antes de
     perderse en la negrura. ¿Qué la había proyectado? Algo estaba subiendo y
     seguía mis pasos. El miedo se aferró a mis entrañas; crecía, se
     encaramaba, buscando asaltar mi mente. No quería dejarme llevar por el
     pánico, pero por primera vez se me ocurrió pensar que podía no estar sólo
     en el edificio y, según indicaba la desproporción en todo cuanto me
     rodeaba, su morador estaba lejos de ser humano.
        Un timbre me arrancó de la pesadilla. Abrí los ojos, pero no me moví,
     dejando desvanecerse la horrible sensación que me dominaba. El campanilleo
     empezó a hacerse insoportable y lancé un manotazo al despertador para
     hacerlo callar. ¡Qué alivio! ¿Ha sufrido alguna vez un accidente y ha
     salido bien librado? ¿Sí? ¿Reconoce esa huella que queda en el cuerpo, esa
     aspereza en el paladar, ese temblor, que aun sabiéndote a salvo renuncia a
     calmarse? Sudaba, y el corazón marchaba desbocado. Me incorporé. Estaba
     cansado, me dolía cuello y espalda, y notaba las pantorrillas tensas. Me
     las froté temiendo un tirón. No recordaba haber pasado una noche como
     aquella. Miré el reloj despertador. Las ocho. Llevaba, pues, diez minutos
     sonando antes de conseguir despertarme. Me sorprendió. Normalmente soy de
     sueño ligero y basta una pequeña algazara en la calle para hacerme brincar
     de la cama.
        Pensando todavía en las imágenes de la pesadilla, me vestí con rapidez.
     Odio llegar tarde, aunque no deba rendir cuentas a nadie. No puedes
     imponer a tus empleados respeto por el trabajo si tú no empiezas por
     cumplir con él, ¿verdad? Me salté el desayuno habitual, más reposado, y me
     conformé con tomar un café con leche y un croissant en un bar. Llegué a la
     oficina a las ocho y media, como tengo por costumbre.
        Probablemente la tensión debía transparentarse en mi rostro, pues
     Beatriz no hizo ninguno de sus acostumbrados comentarios humorísticos.
     Menos mal. Estaba irritado y no me apetecía andar de cháchara. Me encerré
     en el despacho para trabajar. Mi socio iba a estar en una convención el
     resto de la semana y debía atender solo el trabajo acumulado. Había varios
     recursos de casación en curso y un montón de papeleo por examinar. Tomé el
     primer legajo y lo abrí. Supongo que empecé a leerlo; no recuerdo nada de
     su contenido. Enseguida me puse a pensar en el dibujo, a repasar sus
     detalles en mi memoria, comparándolos con lo visto durante el sueño. No
     podía quitármelo de la imaginación, me obsesionaba. Sentí la necesidad de
     contemplarlo. Por más que intenté una y otra vez centrarme en el trabajo
     no lo conseguí. Pasaron los minutos, las horas. Hacia mediodía,
     comprendiendo la inutilidad de mis esfuerzos, acabé por ceder. Podía
     concederme el marchar temprano, aunque supusiera andar al día siguiente
     con el agua al cuello. Le dije a Beatriz que no me encontraba muy bien y
     me iba a casa. No pareció sorprenderse. Al salir hacia la calle observé mi
     imagen en los espejos del recibidor y descubrí mi rostro ojeroso e
     hinchado. Tal vez no hubiera mentido, a fin de cuentas, y todo mi
     cansancio y falta de concentración se redujera a una gripe. Me prometí
     tomarme un vaso de leche y meterme en la cama con una bolsa de agua
     caliente.
        Pero cuando llegué a casa la desazón se desvaneció; coger en las manos
     el dibujo y sentirme eufórico de nuevo fue todo uno. Resultaba no ser otra
     cosa que un niño encaprichado con su muñeco nuevo: ahí acababa el
     problema. Me encantaba la nueva pieza de mi colección y me molestaba
     abandonarla para ocuparme de los aburridos asuntos cotidianos. ¡Realmente
     era una aguada preciosa, con aquel contrastado claroscuro! Decidí
     protegerla y buscarle un lugar de excepción, sin entregársela a un
     enmarcador. Todavía no; no habría soportado desprenderme de ella.
     Descolgué un cuadro de la pared más despejada del estudio, lo desarmé,
     retiré la lámina y coloqué en su lugar el dibujo de Cordiani. Quedó
     perfecto; ni hecho a medida. Disfruté del efecto del vidrio sobre las
     medias tintas, que adquirían ahora una nueva riqueza. Avancé y retrocedí
     varias veces, me desvié a los lados, hasta encontrar el lugar ideal para
     su contemplación. Una vez lo tuve localizado, traje una butaca y la
     coloqué allí. ¡Sí! ¡Qué hermoso era! Pasé toda la tarde sentado, sumido en
     un sopor placentero y admirando la sutileza de las líneas, de la
     composición, la perfección de su perspectiva. Era ya muy tarde cuando me
     impuse la obligación de cenar algo. A pesar de haberme saltado el almuerzo
     no sentía apetito. Preparé varios emparedados, los masqué con desgana, y
     luego me tumbé en el sofá del comedor para ver las noticias de la
     televisión.
        No tardé en dormirme.
        Penetré en un pasillo. Recuerdo que tomé una de las antorcha fijadas a
     la pared para iluminar mi camino; por más que la alcé sobre mi cabeza no
     pude distinguir nada, solo negrura a mi alrededor. Avancé a paso vivo, con
     urgencia. Tenía miedo de algo, no sabía de qué.
        De tanto en tanto el pasillo se bifurcaba. Tomaba siempre el de mi
     derecha, pero al llegar a una encrucijada creí reconocer unas cariátides y
     me di cuenta de que así no hacía más que dar vueltas y regresar al mismo
     sitio. A partir de ese momento fui alternando los corredores de izquierda
     a derecha y cuando encontré una escalera subí.
        Después de horas andando llegué a una puerta de hierro. La empujé y
     aunque pesaba bastante giró sobre sus goznes sin un chirrido, engrasada
     perfectamente. Lo que vi me desconcertó. Estaba en una sala inmensa, igual
     a la que había conocido el día antes. ¿Regresaba al punto de partida?
     Imposible. Mi ruta había sido siempre en continuo ascenso; no podía haber
     vuelto abajo. Sin duda se trataba de un nuevo vestíbulo, la entrada a otra
     red de pasillos, puentes y galerías. Acaso aquel edificio no tenía fin y,
     caminara hacia donde caminara, sólo acabaría por llegar a un nuevo
     principio... La idea me mareaba y me negué a aceptarla. Por más que fuera
     consciente de estar soñando, en mi fuero interno quería suponer alguna
     lógica en el trazado de aquel lugar, aún no discernible pero existente.
     Decidí, pues, continuar mi viaje por el laberinto, no tomando en esta
     ocasión la primera escalinata que encontré a mi paso, sino otra situada al
     fondo de la nave. Subí.
        Con el cansancio acumulado tras tanto deambular por el edificio y con
     la incómoda sensación de estar desenredando un ovillo que alguien se
     complacía en volver a liar detrás mío, el ascenso me pareció aún más
     difícil que los anteriores. Al rato me detuve y me senté en uno de los
     peldaños para recuperar el aliento. No debí hacerlo. Me ardían las plantas
     de los pies y las pantorrillas me palpitaban con un dolor sordo. Me di
     cuenta de que había apurado mis fuerzas y había estado avanzando por pura
     inercia; una vez detenido me iba a costar mucho arrancar de nuevo.
        Entonces oí el tañido.
        Venía del vestíbulo y sólo podía haberlo producido la puerta de hierro
     al cerrarse. Sentí el corazón en la garganta. No hay corriente de aire
     capaz de mover aquella hoja y sólo alguien muy fuerte es capaz de
     empujarla con la necesaria violencia para hacerla sonar de aquel modo.
        Me incorporé; las piernas cedieron y caí de rodillas. Aunque la
     adrenalina espoleaba mis músculos, éstos no encontraban energía a la que
     recurrir. Cuando me di cuenta lloraba como un niño y estaba ascendiendo
     empujándome con los codos. Alcancé un rellano al que se abrían varias
     habitaciones. Conseguí apoyarme y ponerme en pie, más mal que bien. Entré
     en una de las estancias. Si algo me seguía el rastro era consciente de que
     jamás podría huir en aquel estado: debía encontrar un escondite. La
     habitación no me ofrecía ninguno, pero al fondo aparecía una puerta y
     detrás arrancaba otra escalera, más angosta. Bajo ella quedaba un hueco.
     En su rincón más oscuro, a un metro de altura, se abría un agujero del
     tamaño de un nicho. Me asomé y vi que se hundía profundamente,
     descendiendo con una leve inclinación.
        Abandoné la antorcha, me embutí en su interior y me arrastré algunos
     metros. Resultaba muy difícil moverse allí dentro, con sus paredes
     laterales ciñéndose a mis hombros y obligándome el techo a bajar la
     cabeza. Estaba metiéndome en una maldita ratonera, pero no tenía ninguna
     posibilidad de continuar adelante sin recobrar fuerzas.
        Era imposible adivinar qué profundidad tenía el agujero y tal vez
     condujera a alguna salida más adelante; sin embargo, cuando las tinieblas
     me envolvieron por completo, dejé de arrastrarme, pues me aterrorizaba la
     idea de que el túnel concluyera de repente en algún pozo. Giré y me
     coloqué de espaldas. Aguardé inmóvil. El tiempo pasó, con el miedo
     estirando los minutos como pequeños pedazos de eternidad. Sólo sé que de
     pronto ya no estaba sólo.
        En un principio no oí nada. Noté como una vibración en el aire, un
     cosquilleo que me erizaba el vello. Contuve la respiración. Un sonido, un
     leve susurro apenas perceptible, aumentaba de volumen con enervante
     lentitud. Miré la boca de luz abierta a mis pies. El susurro se había
     convertido en el nítido arrastrar de un cuerpo pesado sobre la piedra. Un
     hedor intenso y dulzón, de cosas muertas, emponzoñó el aire. La claridad
     se eclipsó. Algo se había detenido ante la entrada de mi escondite. Y
     aguardaba.
        Incluso el sudor que me bañaba pareció detenerse, helado, para aterir
     mi piel. Cerré los ojos. Nunca he estado tan quieto. Contaba cada latido
     de mi corazón, rompiendo contra mi pecho, y apenas me atrevía a exhalar el
     aliento retenido. Recé e inventé oraciones para conjurar la sombra. No
     debió permanecer allí más de un minuto, estoy seguro; nadie puede resistir
     por más tiempo un terror tan intenso. Cuando me atreví a inclinar la
     cabeza y mirar a la entrada del túnel me sentí viejo y agotado, como si
     toda una vida se hubiera escurrido entre mis dedos. Mi perseguidor se
     había marchado. Sollozando di gracias y renové mis promesas. Me abracé
     para intentar detener el temblor convulso que, de golpe, se apoderó de mí.
     No logré contenerme.
        Aún tiritaba al despertar. El sol se vertía dentro del comedor a través
     de las ventanas, limpio, cálido, con un vigor reconfortante. Escuché una
     voz. Me incorporé, con el cuerpo dolorido por haber pasado la noche en el
     sofá, y descubrí una muchacha dando cuenta de las noticias desde el
     televisor encendido. Me dije que debía ser tardísimo, si el día brillaba
     con aquel esplendor. Consulté el reloj de pulsera. Me quedé de piedra, con
     la sensación de que algo se había roto en el buen curso de mi vida. La
     una. El reloj marcaba la una y la claridad exterior no lo desmentía. ¿Cómo
     había sido capaz de dormir tanto?
        De acuerdo que al quedarme dormido en el sofá no contaba con el
     despertador; pero incluso así no lo entendía. ¡Había dormido durante
     catorce horas! Ya le he dicho antes que soy de sueño ligero y ni siquiera
     el sonido del televisor a considerable volumen me había perturbado en lo
     más mínimo. Tenía que estar enfermo; sólo algún trastorno físico
     explicaría aquel sueño absorbente, el cansancio, la incapacidad para
     concentrarme... Y las pesadillas recurrentes.
        Me impuse un poco de calma; antes que de mí, debía preocuparme de otros
     asuntos. Ya el día antes me había marchado del bufete dejando trabajo
     atrasado y al siguiente no se me ocurría otra cosa que dormir hasta pasado
     el mediodía. Fui al teléfono y marqué el número del despacho. Beatriz
     contestó inmediatamente. La noté preocupada. Había llamado a casa en un
     par de ocasiones durante la mañana, me dijo, para preguntarme si
     continuaba enfermo. Por un momento el desconcierto me redujo al silencio;
     al final respondí que sí, que mi gripe había empeorado, pasando una mala
     noche, y por eso tomé el somnífero que no me había dejado oír sus
     llamadas. Ya me encontraba mejor, añadí enseguida. Le pedí que anulara mis
     citas del día y enviara un mensajero con los recursos de casación
     pendientes de examinar, para poder trabajar algo. Beatriz asintió y se
     ofreció a acercarse por casa al cerrar el bufete y echarme una mano. Se lo
     agradecí, aunque rechacé su oferta. Si algo tenía claro era mi necesidad
     de estar solo y pensar en lo que me estaba sucediendo.
        Aunque lo intenté, no conseguí comer nada. Sentía el estómago revuelto
     y un tremendo cansancio, como si realmente hubiera estado andando durante
     horas. Me duché, me puse ropa limpia y, ya con la cabeza más despejada y
     los documentos, que mientras tanto había traído un motorista, me dispuse a
     emplearme de una vez por todas en algo productivo.
        Al entrar en el despacho y sentarme tras la mesa únicamente tuve ojos
     para el dibujo. Lo había colocado en un lugar estratégico, delante mío y a
     la altura de la mirada, sin saber cómo iban a cambiar mis sentimientos
     hacia él, pues la admiración empezaba a transformarse en repulsión. No era
     tan ciego que no reconociera en el tema de la aguada el escenario de mis
     pesadillas, y la coincidencia entre su regalo y el inicio de mis problemas
     resultaba demasiado sospechosa. Casi sin darme cuenta, la perplejidad me
     hizo considerar ideas que pocos días antes habría creído absurdas; pero
     contemplando aquellos espacios cruzados por una maraña de pasadizos y
     escaleras volví a repetirme que no era normal la intensidad de mis sueños,
     que tal vez alguna extraña magia los ligaba a la obra de Cordiani.
        ¿Sonríe? Parece absurdo, es verdad. También mi primer impulso fue
     concluir que todo se reducía a un irritante caso de persistencia. Igual
     que durante días no puedes evitar tararear una y otra vez una melodía
     pegadiza, mi entusiasmo por el dibujo se había transmitido a mis sueños.
     Pero poco a poco empecé a hacerme preguntas y las conclusiones a las que
     desembocaba no me gustaron en absoluto.
        ¿Acaso el dibujo poseía alguna clase de poder hipnótico? ¿De dónde
     procedía su facultad fascinadora? Inspiradas en el trabajo de Cordiani,
     según sabía ahora, Giambattista Piranesi realizó por dos veces diferentes
     versiones de su serie de calabozos, las Carceri d'invenzione, con una
     intensidad y una capacidad aterradora creciente, como si luchara contra
     una imagen que le obsesionaba, como si su repetición supusiera un
     exorcismo. Al consultar el libro de Kenneth Clark sobre los artistas
     románticos me llamó la atención un comentario donde señalaba la hipótesis
     de que el veneciano hubiera buscado la inspiración en el uso de las
     drogas, como hiciera Coleridge. Yo afirmo, por experiencia, que Piranesi
     ejecutó los grabados atormentado por el más poderoso de los alucinógenos:
     las pesadillas.
        De los estudios de Arnheim sobre psicología de la percepción sabía que,
     al recibir una imagen, el cerebro desencadena un proceso mucho más
     complejo que la simple y literal lectura de sus formas. Evalúa, traduce y
     frecuentemente distorsiona; ciertos mecanismos innatos, combinados con
     otros de carácter cultural, pueden conseguir, por ejemplo, que según la
     posición ocupada sobre el papel, una misma mancha de tinta transmita una
     sensación de calma o por el contrario parezca inestable e intranquilice al
     observador. Si a un establo pintado de rojo acuden más moscas que a otro
     de azul, como se ha comprobado experimentalmente, ¿no podrían formas y
     colores ejercer alguna clase de influencia física, más allá de la
     psicológica? Muchos lo han creído así, y no sólo los primitivos que
     intentaban propiciar la caza dibujando a sus presas en las cavernas. En
     algunos lugares del mundo aún hoy te buscas problemas fotografiando a la
     gente, pues afirman que poseyendo su imagen capturas también su alma.
     Durante siglos -basta hojear cualquier manual de ocultismo para
     comprobarlo- los símbolos gráficos fueron elementos consustanciales a toda
     operación mágica. El círculo protege, el pentagrama remite al hombre y al
     microcosmos... Cada demonio posee un símbolo propio que es necesario
     trazar si deseas invocarlo. Incluso si nos volvemos a fuentes más
     respetables podemos encontrar a Platón, para quien los poliedros regulares
     se corresponden con los elementos, en una suerte de caligrafía con la cual
     Dios ha escrito el Universo.
        Me preguntaba qué secretos de la geometría aprendió Cordiani en su
     estudio de las catedrales, a qué mundos tenebrosos servían sus dibujos
     como llave.
        Sí, yo era el primero en darme cuenta de cómo me dejaba dominar por la
     fantasía; la visión de aquel dibujo tenía el curioso efecto de hacerme
     perder cualquier criterio lógico. Al comprender hacia dónde derivaban mis
     razonamientos me puse de nuevo en pie. Fui hacia el cuadro, lo miré un
     instante; vencí la indecisión. Lo descolgué y lo dejé boca abajo sobre una
     silla.
        Con cierto alivio descubrí que así me resultaba mucho más fácil
     centrarme en el trabajo, pues lo último que deseaba era pasarme la tarde
     pensando en las lóbregas mazmorras de Cordiani. La lectura de los legajos,
     a menudo tan pesados, fue entonces un bálsamo de olvido. Hacia las ocho y
     media acabé con el último recurso y los empaqueté todos para llevármelos
     al día siguiente. ¿Qué hacer a partir de ese momento? Aunque no me lo
     confesara, en algún lugar de mi mente titilaba una luz roja de advertencia
     ante la llegada de la noche. No me apetecía sentarme a leer o ver alguna
     película, y entre semana no era fácil encontrar un amigo al que las
     obligaciones familiares y laborales permitieran acompañarme a tomar copas.
     Necesitaba moverme.
        Salí de casa, saqué el coche del garaje y conduje por las calles de
     Barcelona sin un destino concreto. Llegué al extrarradio y durante horas
     vagué por suburbios a los que nunca había visitado y para mí se
     manifestaban como un país extranjero. Era de madrugada cuando me encaminé
     a casa cruzando la ciudad por las Rondas. Con todo lo dormido, sentía los
     párpados pesados y un picor en los ojos que me obligaba a cerrarlos. La
     luz de las farolas se espesaba y lloraba largos calendizos de purpurina
     sobre el asfalto... Los neumáticos rozaron la mediana, emitiendo un fuerte
     tableteo. Di un volantazo a la derecha y un coche, al que no rocé por
     apenas unos centímetros, descargó furioso el claxon antes de perderse en
     la lejanía.
        Estuve a punto de matarme. Sin darme cuenta me había quedado dormido al
     volante, por suerte en un tramo recto. Hecho un flan, reduje la marcha y
     abandoné la vía rápida por el primer desvío. Estaba lejos de casa, en
     algún lugar de los alrededores de Glorias, pero no me atrevía a seguir
     conduciendo. Aparqué en un solar, incliné el asiento del coche y, aún
     nervioso por el incidente, me dispuse a dormir, olvidando por completo los
     recelos.
        Como una bestia agazapada a la espera de su víctima, la pesadilla saltó
     otra vez sobre mí. Los corredores sombríos, las cadenas, la piedra húmeda
     y enmohecida regresaban, pero yo no andaba. Corría. Corría porque sentía a
     la cosa detrás de mí; porque oía su arrastrar, veloz ahora; porque me
     quemaba en el paladar el hediondo olor de la putrefacción. No lograba
     escaparme. Por más que me esforzara en aumentar la velocidad de la
     zancada, los sonidos a mis espaldas no se distanciaban, sino permanecían
     constantes. Parecía sometido a un juego cruel, pues a aquello que me
     perseguía le habría bastado en cualquier momento alargar sus zarpas para
     atraparme, tan corto espacio nos separaba; pero no lo hacía, por malicia,
     por pura diversión, regodeándose en mi terror, buscando aumentar el placer
     que le proporcionaba.
        Sólo en algunos sectores del edificio especialmente intrincados creí
     perderle por momentos, llegándome su resollar no ya de detrás mío, sino
     apagado por algún muro interpuesto. La ilusión se desvanecía al doblar
     alguna esquina y descubrir, por un brillo repentino en la oscuridad o un
     murmullo disimulado, que había abandonado el rastro para dar un rodeo y
     atajarme.
        Habría jurado que transcurría un siglo, que mi huida se desarrollaba
     sobre una de esas cintas móviles donde es imposible avanzar. No había
     medida para el tiempo en aquel edificio de ventanas inalcanzables: la luz
     apenas cambiaba con las horas y sólo entregaba una claridad mortecina,
     gris, de albor invernal, como si el mundo acabara en los límites de piedra
     de aquella prisión y nada existiera mas allá, salvo un limbo sin día ni
     noche.
        Corría, sí. Corría sin parar, corría ciegamente, gimiendo de angustia
     por no saber cuanto me quedaba antes de ser capturado. Porque de que me
     iba a coger no cabía ninguna duda. Tan obcecado estaba que no me di cuenta
     de los golpes hasta que la cosa bramó molesta. Eran unos impactos lejanos,
     casi inaudibles, como una nota grave de órgano, aunque se multiplicaban en
     forma de eco por las bóvedas de las galerías. Los muros empezaron a
     vibrar. Desvaídos, se enturbiaban repentinamente faltos de peso y
     consistencia. Me detuve, intenté tocar uno y vi a mi mano atravesarlo: no
     habría sentido menos oposición si hubiera probado a palpar la niebla. Me
     arrojé contra la pared y la crucé, encontrándome al otro lado. Mi
     perseguidor gruñía, en una mezcla de furia y dolor. Aunque estaba al borde
     de la extenuación, viendo que de algún modo se me brindaba una
     oportunidad, hice acopio de fuerzas y me alejé a la carrera por el nuevo
     pasillo. Los golpes se hicieron más fuertes y la bestia rugió de nuevo,
     esta vez sin desconcierto. Semejaba una fiera que se revuelve y entabla
     combate. Los muros dejaron de temblar, recobraron cuerpo; se apagaron los
     golpes. Mi auxiliador, fuera quien fuese, había fracasado y la cosa
     recobraba su dominio sobre el reino de los sueños.
        Había obtenido alguna ventaja, sin embargo. El pasillo me condujo a
     otro más ancho, sin apenas bifurcaciones. Parecía un corredor principal...
     ¿Una salida? No me atreví a abrazar demasiadas esperanzas. Lo seguí por
     más de cien metros y al final tropecé con una puerta metálica, similar a
     la encontrada la noche anterior sirviendo de acceso a uno de los
     vestíbulos. Me apoyé en su hoja para abrirla. La cosa aulló.
        Me volví hacia la voz y vi que había encontrado mi pista. Estaba aún
     distante; pero avanzaba deprisa y aceleraba. No podría detallar su
     aspecto; el recuerdo es confuso, apenas una cicatriz en la memoria, como
     si su forma no se ajustara a ninguno de los moldes para los que inventamos
     las palabras: sólo guardo una impresión de asco y una forma borrosa y
     negra, vagamente esférica, todo dientes y garras rebotando contra los
     muros en su apresurado avance.
        Empujé la puerta. Entré y cerré a mis espaldas. Con desesperación,
     busqué alrededor algo para afirmarla. Arrumbada contra la pared encontré
     una viga de madera. La levanté y la inserté en las guías que a tal fin
     poseían muro y puerta. Justo a tiempo. La hoja de hierro se sacudió bajo
     un fuerte impacto. Un instante de silencio. Otra sacudida. Esperé,
     expectante, a que la cosa arremetiera de nuevo; pero no lo hizo. Se había
     rendido, y demasiado pronto como para sentirme tranquilo. ¿Por qué? ¿Por
     qué no intentaba derribar la puerta? Una risa, dentro de la sala, me
     revolvió las entrañas. Y, al descubrir quién la había emitido, grité.
        Me desperté preso del pánico, con los puños prietos y los cabellos
     revueltos y empapados en sudor. Los golpes habían regresado y estallaban
     contra mi sien. Existían; no eran una alucinación más. Levanté la cabeza
     apoyada contra la ventanilla. Un policía llamaba al cristal con los
     nudillos; le miré sin acabar de comprender dónde estaba y qué hacía allí.
     El agente se inclinó para mirar al interior del coche y me preguntó si me
     encontraba bien y por qué estaba gritando. Giré la llave en el contacto y
     bajé la ventanilla. Como pude me disculpé. Expliqué que estaba soñando,
     que conduciendo de noche me había sentido amodorrado y había decidido
     detenerme allí para echar una cabezada. El guardia no pareció convencerse
     -eran más de las cuatro de la tarde, según comprobé después-. Me pidió la
     documentación. La examinó, me miró atentamente, y tras unos segundos de
     espera se llevó la mano a la gorra y me dio los buenos días. Con tal
     lacónico saludo volvió a su coche patrulla.
        Apoyé la frente contra el volante, todavía un poco mareado por el
     brusco despertar. No lo resistía, pensé; me estaba volviendo loco. En unos
     segundos tomé una determinación. Si quería librarme de la pesadilla debía
     averiguar todo lo posible sobre el dibujo: tal vez así conseguiría
     encontrar algún dato que explicara su ponzoñosa influencia. Hablaría con
     Alfredo Gozzi, su propietario hasta ahora. Él tenía que saber algo.
        Gozzi vive en uno de esos pisos del Eixample increíblemente espaciosos
     y de fantástica decoración modernista. Sin miramientos, dejé el coche en
     doble fila y subí a su casa. Me abrió una doncella, que me hizo esperar en
     una salita mientras me anunciaba. Fue el propio Alfredo quien vino a
     buscarme, siempre atento, aunque con una expresión inusualmente distraída.
     Debí observarle con demasiada atención o sorpresa, pues al estrecharme la
     mano me pidió disculpas. Últimamente había pasado unas noches espantosas,
     confesó.
        En ningún momento le mentí; no obstante reconozco haber ocultado parte
     de la verdad. Expuse mi entusiasmo por su regalo y cómo había encontrado
     algunas referencias sobre el autor entre las cartas de Walpole. No eran
     muchas, de cualquier forma, pero sí las suficientes para excitar mi
     curiosidad. Se me había ocurrido que quizá él pudiera contarme algo más.
     Alfredo se rascó la barbilla, recapacitando. Cuando decidió hacerme el
     obsequio, dijo, había estado revolviendo dibujos sin una idea
     preconcebida. Creía haberlo tomado de una carpeta con otras aguadas de
     idéntico tema. Me rogó que le acompañara.
        Fuimos al gabinete donde guardaba los grabados, dibujos y algunos
     volúmenes de bibliófilo. La colección reposaba en estanterías numeradas
     para su ordenación. Alfredo fue hasta un archivador y me preguntó el
     nombre del dibujante. Le respondí. Se puso a buscar en uno de los cajones
     y extrajo una cartulina, que me entregó. Escrita a mano, con la clásica
     letra cursiva de moda medio siglo atrás, contenía una escueta descripción
     de la obra, con su técnica de ejecución y dimensiones. Debajo, como fecha
     de compra, figuraba 1761, de F. Gozzi a G. Piranesi. Según la tarjeta -y
     eso me interesó- mi dibujo formaba parte de una serie de cuatro. Le
     comenté el detalle a Alfredo. Asintió, mirando el número de la ficha.
     Cogió una pequeña escalera y fue hasta los estantes, de donde bajó una
     carpeta azul cerrada con lazos. Me la alargó. Cuando hice ademán de
     abrirla, Alfredo me detuvo. La repulsión se adivinaba en su gesto, por más
     que intentara disimularla. Sin necesidad de preguntarle, descubrí que
     también él soñaba con una cárcel de inacabables estancias, que un breve
     vistazo al dibujo, al seleccionarlo como regalo, le había bastado para
     caer atrapado en el hechizo de Cordiani. «No mires los dibujos aquí, por
     favor». Calló un instante, buscando una excusa: «Perdóname, pero no puedo
     dedicarte mucho más tiempo. Tengo un compromiso urgente. Llévatelos sí
     quieres, estúdialos y ya me los devolverás. O mejor quédatelos...», dijo.
        No discutí. Mi única preocupación era examinar las restantes aguadas;
     si quería librarse de ellas no era asunto mío. Le di las gracias, me puse
     bajo el brazo la carpeta y salí a la calle. En el primer banco que
     encontré, delante mismo de la casa de Alfredo, me senté a examinar su
     contenido.
         Deshice los lazos. Del interior saqué tres dibujos a tinta, en unas
     hojas de papel amarillento. No cabía duda de la autoría, aun sin consultar
     su firma: idéntico tratamiento del claroscuro, idéntica minuciosidad e
     idéntico tema arquitectónico al del dibujo de Cordiani en mi poder. Pero
     lo que más me asombró fue la similitud de aquellas imágenes con los
     escenarios por los que había transitado durante mis sueños. En uno vi
     perfectamente descrito el enorme salón de mi segunda noche, con su puerta
     de hierro, sus galerías y sus escaleras, que conducían a un dédalo de
     pasillos; en otro se representaba un corredor estrecho y oscuro, en cuyos
     muros rezumantes se abría un sin fin de nuevos pasajes, como los
     recorridos en una fuga desesperada muy pocas horas atrás. Quedaba un
     tercero. Lo cogí, ansioso por descubrir qué pesadilla me anticipaba. Sin
     darme cuenta, carpeta y dibujos cayeron de mis rodillas. ¡Ojalá jamás lo
     hubiera contemplado!
        El enigma de aquella trampa me lo desnudó Cordiani con absoluta
     crueldad, pues si en las otras aguadas sólo había representado los
     interiores vacíos del edificio, ahora por fin dibujaba a sus
     constructores. Dentro de una sala manipulaban mecanismos de insólitos
     apéndices, como científicos estudiando la física del dolor... ¿Qué
     sabiduría buscaban con su inhumana indiferencia? ¿Qué catálogo de
     suplicios precisaban completar? No me pregunte, por favor. ¿He de
     describir aquellos seres deformes e insanos, y la satisfacción en sus
     rostros, mientras desmembraban un cuerpo todavía reconocible como humano?
        Por eso, desde entonces, no he dejado de vagabundear de un lado para
     otro, arrastrándome por las calles hasta la extenuación, luchando para no
     dormirme. Lo he probado todo: cafeina, pastillas, duchas frías, y casi no
     me sirven de nada. Me mareo, se me nubla la vista. Es imposible ganar la
     partida; aunque después de haber visto aquello, cada minuto es un
     regalo... Gracias al último dibujo conozco la verdadera naturaleza del
     mundo al que el loco Cordiani abrió una puerta y sé que no fue el
     cabalista quien lo destrozó de forma tan espantosa allá en su
     buhardilla... Sí, los he visto; y ellos a mí. Ahora, después de tantos
     siglos de aburrimiento, de refrenar sus apetitos, les basta esperar el
     instante en que cierre los ojos para tener un nuevo juguete... ¡Por eso no
     me atrevo a dormir! ¡Otro café! ¡Por lo que más quiera, déme otro café!