ARMANDO MOIX - EL AYUDANTE DE PIRANESI
Sí, ya sé que diez cafés son muchos, pero sírvame, ¿quiere? ¿Nervioso?
¡Claro que estoy nervioso! Llevo tres días sin pegar ojo, deambulando de
aquí para allá, sin detenerme mucho tiempo, ni atreverme a descansar. Por
eso necesito otra taza. No entiende, claro. Es imposible... Si me deja le
explicaré. Me hará bien, me ayudará a mantenerme despierto. Me ayudará...
Usted vaya preparando ese café, por favor.
Soy abogado, y bastante bueno, aunque no lo parezca con este traje
arrugado y sin afeitar. Seguramente huelo fatal. Tendría que haberme visto
hace sólo unos días, cuando el mayor de mis problemas era un juez molesto
o el inesperado aplazamiento de alguno de los juicios. Mi especialidad es
el derecho sucesorio. Debo compartir ingresos con un socio de bufete y,
aunque no tenemos una clientela muy amplia, sí es lo suficientemente
selecta como para permitirme una vida cómoda. Algo ayuda, además, el no
perder la cabeza por los lujos. No echo de menos un coche potente o una
casa en la costa, ni cuento con esposa o hijos a quienes deberme. Sin
embargo tengo una debilidad a la que no me importa rendir buena parte de
mis ingresos: me encanta el arte. Siempre me ha gustado y no sé porqué:
nada en mi educación me predispone a ello. Tal vez me sirva para compensar
tantas horas entre autos y ordenanzas, para poner algo de poesía en mi
vida... Colecciono pequeñas cosas. No soy un Thyssen, entiéndame. Dibujos,
grabados, alguna acuarela; casi nada anterior al XIX... ¡Ah, gracias! No,
no quiero azúcar.
¿Por donde iba? ¿Le he dicho que soy abogado? Sí, claro. Todo empezó
con un cliente satisfecho... ¡Maldita sea! Si se me permitiera retroceder,
si pudiera volver a aquel momento... Parece un siglo y hace sólo una
semana que al llegar a la oficina Beatriz, mi secretaria, me dio un tubo
de cartón traído por un mensajero. Me lo llevé al despacho y abrí el sobre
adosado al paquete con cinta adhesiva. En su interior encontré una nota en
la que uno de mis clientes, Alfredo Gozzi, renovaba su agradecimiento por
mis servicios y me rogaba aceptase aquel presente.
Alfredo es uno de los sobrinos del difunto Domingo Gozzi, patriarca de
una saga de financieros barceloneses. Al morir dejó una fortuna enorme en
acciones, bonos e inmuebles que sus tres sobrinos se iban a repartir a
partes iguales. El viejo Gozzi poseía también una importante pinacoteca
acumulada por su familia a lo largo de los siglos, una colección que por
sí sola vale cientos de millones. Todos presumían su división, como con el
resto de los bienes; pero, para su sorpresa, descubrieron que la voluntad
última del patriarca fue que la colección permaneciese unida. La había
legado en exclusiva a Alfredo, su hombre de confianza en los negocios.
Como no hacía ni un año de la redacción del testamento, los restantes
herederos lo impugnaron, argumentando que la larga enfermedad había
mermado las facultades mentales del anciano... Creo que le aburro.
Perdóneme; pasaré sobre los detalles legales e iré al meollo del asunto.
La batalla ante los tribunales resultó dura. Ambas partes tenían
suficiente dinero como para costearse lo mejor de lo mejor en su defensa,
y nadie quiso dar el brazo a torcer. Por suerte su argumentación estaba
traída por los pelos y logramos resistir los embates. El juez dio la razón
a mi cliente.
Alfredo Gozzi creía necesario demostrar su contento con algo más que el
pago de las minutas. Bienvenido fuera. Los regalos de los clientes suponen
una agradable prima, que, encima, no debemos reseñar en los libros de
cuentas. Quité curioso la tapa a uno de los extremos del tubo y extraje de
su interior un papel enrollado. Lo desplegué.
Se trataba de un dibujo realizado a la aguada, de unos cincuenta
centímetros de largo, evidentemente antiguo por el tono sepia que la tinta
había adoptado con el paso de los años. Me gustó inmediatamente.
Al primer golpe de vista lo creí un típico paisaje con ruinas del
romanticismo. Cuando me fijé mejor vi que, aun siendo un dibujo
arquitectónico, no representaba la imagen exterior de un edificio, sino la
de su interior. Un interior enorme; de ahí mi error inicial.
Parecía un vestíbulo gigantesco, lóbrego, levantado con sillares, con
unas claraboyas en su cúpula lejana que apenas servían para diluir la
oscuridad con suaves pinceladas de luz. Cuerdas y cadenas pendían de
poleas como restos de una tramoya desvencijada, y sin razón aparente se
tendían en las alturas algunas pasarelas que acababan por cortarse de
forma brusca o conducían a un muro vacío. A nivel del suelo, bocas de
oscuridad sugerían subterráneos de acceso olvidado. Varias escalinatas se
retorcían hasta perderse en una perspectiva de pilares, arcos y galerías,
aparentemente infinita...
El conjunto era atractivo y aterrador a un tiempo. Me recordaba
aquellos grabados de Piranesi, las Carceri d'invencione. ¿No las conoce?
Son una serie que ese artista italiano del siglo XVIII dibujó
representando laberínticas mazmorras y salas de tortura. Una obra maestra.
Busqué la firma en mi dibujo, esperanzado. En la esquina inferior derecha
se leía: «G. Cordiani fecit. Anno Domini 1744». ¿Un discípulo de Piranesi
o el simple ejercicio de copia de un estudiante de arte aventajado? La
memoria me fallaba y no estaba seguro de si las fechas se correspondían.
Lo dejé correr. No me sería difícil encontrar más tarde cuándo había
estampado Piranesi sus aguafuertes. Con un suspiro de resignación volví a
enrollar la lámina y la guardé; mis deberes profesionales me reclamaban.
A las once debía defender un caso. Concentrado primero en la
preparación de la vista y, después, en la exposición de nuestras razones
ante el magistrado, llegué a olvidar el regalo de Alfredo Gozzi. Comí
deprisa en un restaurante del Paseo Sant Joan y regresé por la tarde al
bufete para atender mis citas con un par de clientes. Hasta las nueve de
la noche no puse por fin los pies en casa con el tubo bajo el brazo.
A pesar de morirme de impaciencia, me contuve de correr a la
biblioteca. Estaba decidido a disfrutar con calma del placer intelectual
de la investigación. Me puse cómodo, me serví un whisky y sólo entonces me
arrellané en un sillón, rodeado de libros.
El primer dato que me interesaba consultar era la fecha de las Carceri
d'invencione, y la obtuve en un ensayo de Kenneth Clark, La rebelión
romántica. Giambattista Piranesi realizó dos versiones diferentes de sus
cárceles: la primera en 1745 y publicada en 1750, y la segunda en 1760,
con la inclusión de dos láminas nuevas. Resultaba evidente que la aguada
de Cordiani, datada un año antes, no era una imitación sino completamente
original. ¿Podía llegar a pensarse que la relación se estableció a la
inversa, que fue Piranesi el influido por el trabajo del olvidado
Cordiani? Para confirmarlo necesitaba conocer alguna cosa de su biografía.
En ninguno de los diccionarios de artistas lo encontré, ni tampoco en
L'Arte Moderna, de Lavagnino, completísimo en cuanto a creadores italianos
se refiere. No me extrañó, aunque resultara decepcionante. Por más que
agradeciera mi trabajo, Alfredo Gozzi era un hombre de negocios y un
inversor práctico. Jamás se habría desprendido de un Turner o un Gericault
por complacerme. Sabedor de mi afición, un oscuro dibujante le bastaba
para granjearse mi amistad sin mermar su patrimonio.
Recordé entonces un libro leído algún tiempo atrás, una selección de
las cartas de Horace Walpole. Como era común entre los jóvenes
aristócratas de su época, el fundador de la literatura gótica inició en
1739 un largo viaje por el continente, permaneciendo durante todo el
invierno en una villa a orillas del Tíber. A raíz de su estancia había
trabado amistad con importantes personajes de la sociedad romana, con los
que mantendría una larga correspondencia. En aquellas cartas se
intercambiaban anécdotas sobre los artistas locales y, por coincidencia de
fechas, pensé en la probabilidad de hallar citado a Cordiani.
No recordaba dónde lo había guardado y tuve que remover un montón de
volúmenes hasta que el libro de Walpole apareció tras una pila de
catálogos. Me senté a hojearlo. Pasaba páginas rápidamente, atento sólo a
localizar el nombre del dibujante. Finalmente tropecé con él, en una
epístola que el novelista inglés dirigía a su padre, Sir Robert,
narrándole nuevas de sus corresponsales italianos. Satisfecho, proseguí la
lectura con mayor cuidado.
Al parecer Giacomo Cordiani había sido un personaje bastante famoso
entre sus colegas: una especie de bufón del que todos tenían algo que
contar, entre chismes reales e inventados. Aunque admiraran su técnica con
los buriles, nadie acababa de tomarle en serio, con su fama de excéntrico
que, curiosamente, parecía halagarle. Su devoción por el dibujo, la
escolástica y los viejos tratados de alquimia sólo encontraban rival en su
apego al vino. Cuando se excedía en su uso, cosa que sucedía casi a
diario, gustaba de insultar tanto a los practicantes de la pintura galante
como a los artistas modernos que tomaban la imitación servil del legado
griego como una revolución. Avanzándose al espíritu del Romanticismo,
Cordiani dirigía sus preferencias hacia el arte medieval. En lugar de
dibujar el enésimo estudio del Coliseo, prefería hurgar en la sacristía de
Santa María la Mayor para leer los viejos códices que ni siquiera los
clérigos estaban ya interesados en estudiar; y mientras sus contemporáneos
se extasiaban ante los restos de Herculano o un Apolo de Praxísteles, él
defendía como modelo de belleza las tallas de las catedrales góticas y la
melodía gregoriana del Dies Irae.
Sólo parecía comprenderle Piranesi, recién llegado a Roma desde Venecia
y autor de melancólicos grabados de las antigüedades también distantes del
gusto común. A pesar de la mala fama de Cordiani, le dio cobijo en su
taller y lo empleó como ayudante, antes de que sus desvaríos les
distanciaran. Durante mucho tiempo había caminado por la estrecha franja
que divide genialidad y locura, y al final acabó por caer en el lado
equivocado. Algo aprendió en los viejos pergaminos... algo que había
cortado las últimas hebras de las que pendía su razón. Decidiendo que sus
investigaciones precisaban de otros maestros, Cordiani abandonó al
grabador y se encerró en el ático de una casa de comidas, a pocos metros
de la puerta del Pópolo, con un anciano cabalista al que frecuentaba desde
hacía meses. Bajo la dirección de su nuevo compañero trabajaba sin cesar
en dibujos que luego destruía furioso, en busca de una forma perfecta e
inasible. Sólo se concedía un descanso al anochecer, para desentumecer sus
miembros, vaciar una botella y respirar algo de aire puro. Durante semanas
se vio vagar su silueta alta y desgarbada bajo los contrafuertes del
Castel' San Angelo. Una y otra vez cantaba una endecha sobre las mentiras
de Ovidio y el verdadero rostro de los dioses, y si, llevado de la
curiosidad, algún otro paseante se le acercaba para preguntarle el porqué
de esa insistente tonada, Cordiani callaba un instante, miraba a su
alrededor, y musitaba en voz baja, como quien revela un secreto, que
aquello era su estratagema «para vencer los engaños de Hipnos».
Pero un día no apareció; ni lo hizo al siguiente. Sus escasas amistades
empezaron a temer que hubiera tropezado con un mal encuentro durante sus
paseos nocturnos. Encabezados por Piranesi, fueron hasta su buhardilla en
busca de algún indicio de su paradero. Desde la calle no se distinguía
ningún movimiento en el interior. Subieron las escaleras del figón,
lúgubres y embebidas del olor a col y frituras. Llamaron. No contestó
nadie; tras la puerta creyeron oír un quejido. Dudaron un momento si
marcharse o forzar la entrada, y estando inmersos en esa discusión estalló
en el desván un grito desgarrador. Ninguno había oído nunca nada igual.
Parecía concentrar dolor y horror como ningún ser humano ha conocido, en
una queja que no expresaba demanda alguna de auxilio, sino la más absoluta
desesperación. Los recién llegados se estremecieron. ¿Qué estaba
sucediendo allí dentro? Alguien había enloquecido: aullaba, gimoteaba y,
de tanto en tanto, se arrojaba contra la puerta haciendo temblar sus
tablas, preso de la furia o del más absoluto terror. Piranesi fue el
primero en reaccionar y bajó a grandes trancos hasta la casa de comidas,
en busca de un hacha con la que derribar la puerta. El dueño se la
facilitó y le acompañó escaleras arriba. Tres golpes astillaron las
maderas y les abrieron paso. Apunto estuvieron de caer bajo el envite del
anciano, pues una vez abierta la puerta se lanzó hacia delante como una
bestia rabiosa, los ojos desencajados, totalmente fuera de sí. Con su
grueso cuerpo, el mesonero le cerró el paso y entre todos lo derribaron
para sujetarle mejor, no encontrando modo de hacerle atender.
El grabador entró en la buhardilla, descubriendo una imagen espantosa.
Sobre la cama un cuerpo mutilado se entregaba a los últimos estertores.
Las sábanas no podían absorber tanta sangre y ésta formaba charcos que,
una vez colmados, se vertían en largos chorretones hasta el suelo.
Piranesi se acercó; Cordiani -pues era Giacomo Cordiani aquel trozo de
carne cortada y palpitante- levantó una mano e intentó hablar. Tosió,
vomitó un espeso cuajarón... Murió.
Las autoridades no dudaron ante las evidencias: el crimen era obra del
cabalista, que en un rapto de locura había atacado a Cordiani. No cabía
otra conclusión. Aunque Piranesi, como testigo, les hizo observar que muy
poca sangre manchaba las ropas del anciano para considerarle responsable
de tal carnicería, era inverosímil que un extraño hubiera podido atacar al
artista y desaparecer, con la puerta atrancada por dentro y la única
ventana de la buhardilla elevándose a más de diez metros sobre el suelo.
El cabalista subió al patíbulo sin recobrar la razón, ni dar explicación
cabal de lo sucedido.
Enterraron a Cordiani dos días después de su asesinato, el día de reyes
de 1745. Sin un céntimo en su haber, tuvieron que vender sus pertenencias
para sufragar el sepelio, y el propio Piranesi, por colaborar, compró
alguno de sus últimos dibujos, eximidos del destino de sus predecesores.
El horrible final de Cordiani había sido suficientemente comentado como
para que la ceremonia resultara multitudinaria. Muchos, que antes sólo
habían mencionado su nombre para mofarse, asistieron con rostro contrito y
palabras pesarosas en sus labios.
Cerré el libro de Horace Walpole excitado. El mito del genio, del
artista como ser diferente a los demás hombres, siempre ha tenido
extraordinaria fortuna. Con todo y ser un pintor excepcional, buena parte
del éxito actual de Van Gogh, pongamos por caso, se funda en su trágica
existencia. Otros contemporáneos, no menos brillantes aunque de vida más
reposada, pueden ser prestigiosos entre los conocedores, pero jamás
gozarán del reconocimiento popular. Yo no era menos sensible a tal
atracción y el relato había redoblado mi interés, por más que fuera
consciente de que no debía dar completo crédito a lo leído. Quizá Walpole
se había dejado llevar por la imaginación. Su novela El castillo de
Otranto es muestra evidente de su gusto por la fantasía y los cuentos
macabros; no sería extraño que hubiera cargado las tintas para dar mayor
emoción a la historia. De todos modos, le daba consistencia el dato de la
relación de Cordiani con Piranesi y que éste se hubiera quedado con su
obra. ¿Era mi aguada uno de aquellos dibujos? La familia de mi cliente,
los Gozzi, eran de origen italiano. Según me había contado en una ocasión,
el primero en llegar a España fue un diplomático pontificio, a finales del
siglo XVIII. Probablemente la aguada debió llegar con él desde Roma y,
tras tantos tumbos, había acabado por recalar en mis manos.
Volví a cogerla. La sujeté delante mío, estirando los brazos, y la
estuve contemplado así un buen rato. Me perdí en la exploración de sus
oscuros rincones, recorrí con la vista escalinatas y puentes, intentando
descifrar el plano de su laberinto. Sentí una desazón, una impaciencia,
como la que te invade cuando estás a pocos pasos de solucionar un
rompecabezas y temes que la clave se te escape. No entendí por qué. Debía
ser sólo producto del cansancio; había tenido un día muy duro.
Efectivamente, me dolían los ojos y una enorme pesadez me abrumaba. Dejé a
un lado el dibujo de Cordiani y me encaminé a mi habitación. Apenas me
introduje entre las sábanas me quedé dormido.
Aquella noche soñé con una intensidad que no recordaba haber
experimentado en años, pero curiosamente no se produjo el extrañamiento
del mundo vigil. Era consciente de estar dormido y al mirar a mi alrededor
reconocí el escenario que me rodeaba como el reproducido en el dibujo de
Cordiani.
Me encontraba al nivel del suelo, en el amplio salón del que arrancaban
todas las escalinatas. Al levantar la vista sentí vértigo. La cúpula
estaba increíblemente alta, tanto que una curiosa neblina, como un velo
deshilachado, aleteaba entre los puentes tendidos al vacío. Me puse a
andar. En algún muro se abría un vano y de él una rampa descendía a las
tinieblas. No me atraía bajar; prefería saber a dónde conducían aquellas
escaleras aparentemente interminables y si alguna de ellas podría llevarme
a las galerías que adivinaba a lo lejos. Fui hasta la más cercana e inicié
su ascensión. A los pocos metros empecé a notar fatiga. Me costaba un
trabajo excesivo subir los escalones, pues eran muy altos y no parecían
estar calculados para una zancada normal, impidiéndome mantener un ritmo
que resultara menos fatigoso. Intenté sostenerme en el pasamanos y no hice
sino aumentar mi incomodidad. Con una altura que llegaba hasta mi hombro,
más que ayudar, obligaba a una posición forzada y sumamente incómoda.
Renuncié a usarlo y continué subiendo sin su sostén.
Al llegar al primer rellano me concedí unos instantes de reposo. Era
una explanada embaldosada casi tan grande como la inicial y servía de
punto de arranque a nuevas escaleras. Para no confundirme decidí
ignorarlas y seguir la tomada en un principio. Ahora se estrechaba un poco
y se enroscaba alrededor de una columna de no menos de veinte metros de
diámetro. Al subir e ir girando, la escalera quedó encajada entre la
columna y el muro exterior y una súbita oscuridad me rodeó. Sin darme
cuenta apenas, aceleré el paso. No me gustaba; me sentía perdido y
vulnerable, avanzando casi a ciegas. Por fortuna, en su curva la escalera
se desató del abrigo de la columna y fue ha desembocar a una terraza
iluminada. Suspiré con alivio y me detuve. Me asomé al barandal para
observar el camino que había seguido en mi ascenso. Un espasmo de terror
me sacudió.
En el punto en el que la escalera se ocultaba tras la columna, vi una
sombra deforme proyectarse contra el muro por un instante, antes de
perderse en la negrura. ¿Qué la había proyectado? Algo estaba subiendo y
seguía mis pasos. El miedo se aferró a mis entrañas; crecía, se
encaramaba, buscando asaltar mi mente. No quería dejarme llevar por el
pánico, pero por primera vez se me ocurrió pensar que podía no estar sólo
en el edificio y, según indicaba la desproporción en todo cuanto me
rodeaba, su morador estaba lejos de ser humano.
Un timbre me arrancó de la pesadilla. Abrí los ojos, pero no me moví,
dejando desvanecerse la horrible sensación que me dominaba. El campanilleo
empezó a hacerse insoportable y lancé un manotazo al despertador para
hacerlo callar. ¡Qué alivio! ¿Ha sufrido alguna vez un accidente y ha
salido bien librado? ¿Sí? ¿Reconoce esa huella que queda en el cuerpo, esa
aspereza en el paladar, ese temblor, que aun sabiéndote a salvo renuncia a
calmarse? Sudaba, y el corazón marchaba desbocado. Me incorporé. Estaba
cansado, me dolía cuello y espalda, y notaba las pantorrillas tensas. Me
las froté temiendo un tirón. No recordaba haber pasado una noche como
aquella. Miré el reloj despertador. Las ocho. Llevaba, pues, diez minutos
sonando antes de conseguir despertarme. Me sorprendió. Normalmente soy de
sueño ligero y basta una pequeña algazara en la calle para hacerme brincar
de la cama.
Pensando todavía en las imágenes de la pesadilla, me vestí con rapidez.
Odio llegar tarde, aunque no deba rendir cuentas a nadie. No puedes
imponer a tus empleados respeto por el trabajo si tú no empiezas por
cumplir con él, ¿verdad? Me salté el desayuno habitual, más reposado, y me
conformé con tomar un café con leche y un croissant en un bar. Llegué a la
oficina a las ocho y media, como tengo por costumbre.
Probablemente la tensión debía transparentarse en mi rostro, pues
Beatriz no hizo ninguno de sus acostumbrados comentarios humorísticos.
Menos mal. Estaba irritado y no me apetecía andar de cháchara. Me encerré
en el despacho para trabajar. Mi socio iba a estar en una convención el
resto de la semana y debía atender solo el trabajo acumulado. Había varios
recursos de casación en curso y un montón de papeleo por examinar. Tomé el
primer legajo y lo abrí. Supongo que empecé a leerlo; no recuerdo nada de
su contenido. Enseguida me puse a pensar en el dibujo, a repasar sus
detalles en mi memoria, comparándolos con lo visto durante el sueño. No
podía quitármelo de la imaginación, me obsesionaba. Sentí la necesidad de
contemplarlo. Por más que intenté una y otra vez centrarme en el trabajo
no lo conseguí. Pasaron los minutos, las horas. Hacia mediodía,
comprendiendo la inutilidad de mis esfuerzos, acabé por ceder. Podía
concederme el marchar temprano, aunque supusiera andar al día siguiente
con el agua al cuello. Le dije a Beatriz que no me encontraba muy bien y
me iba a casa. No pareció sorprenderse. Al salir hacia la calle observé mi
imagen en los espejos del recibidor y descubrí mi rostro ojeroso e
hinchado. Tal vez no hubiera mentido, a fin de cuentas, y todo mi
cansancio y falta de concentración se redujera a una gripe. Me prometí
tomarme un vaso de leche y meterme en la cama con una bolsa de agua
caliente.
Pero cuando llegué a casa la desazón se desvaneció; coger en las manos
el dibujo y sentirme eufórico de nuevo fue todo uno. Resultaba no ser otra
cosa que un niño encaprichado con su muñeco nuevo: ahí acababa el
problema. Me encantaba la nueva pieza de mi colección y me molestaba
abandonarla para ocuparme de los aburridos asuntos cotidianos. ¡Realmente
era una aguada preciosa, con aquel contrastado claroscuro! Decidí
protegerla y buscarle un lugar de excepción, sin entregársela a un
enmarcador. Todavía no; no habría soportado desprenderme de ella.
Descolgué un cuadro de la pared más despejada del estudio, lo desarmé,
retiré la lámina y coloqué en su lugar el dibujo de Cordiani. Quedó
perfecto; ni hecho a medida. Disfruté del efecto del vidrio sobre las
medias tintas, que adquirían ahora una nueva riqueza. Avancé y retrocedí
varias veces, me desvié a los lados, hasta encontrar el lugar ideal para
su contemplación. Una vez lo tuve localizado, traje una butaca y la
coloqué allí. ¡Sí! ¡Qué hermoso era! Pasé toda la tarde sentado, sumido en
un sopor placentero y admirando la sutileza de las líneas, de la
composición, la perfección de su perspectiva. Era ya muy tarde cuando me
impuse la obligación de cenar algo. A pesar de haberme saltado el almuerzo
no sentía apetito. Preparé varios emparedados, los masqué con desgana, y
luego me tumbé en el sofá del comedor para ver las noticias de la
televisión.
No tardé en dormirme.
Penetré en un pasillo. Recuerdo que tomé una de las antorcha fijadas a
la pared para iluminar mi camino; por más que la alcé sobre mi cabeza no
pude distinguir nada, solo negrura a mi alrededor. Avancé a paso vivo, con
urgencia. Tenía miedo de algo, no sabía de qué.
De tanto en tanto el pasillo se bifurcaba. Tomaba siempre el de mi
derecha, pero al llegar a una encrucijada creí reconocer unas cariátides y
me di cuenta de que así no hacía más que dar vueltas y regresar al mismo
sitio. A partir de ese momento fui alternando los corredores de izquierda
a derecha y cuando encontré una escalera subí.
Después de horas andando llegué a una puerta de hierro. La empujé y
aunque pesaba bastante giró sobre sus goznes sin un chirrido, engrasada
perfectamente. Lo que vi me desconcertó. Estaba en una sala inmensa, igual
a la que había conocido el día antes. ¿Regresaba al punto de partida?
Imposible. Mi ruta había sido siempre en continuo ascenso; no podía haber
vuelto abajo. Sin duda se trataba de un nuevo vestíbulo, la entrada a otra
red de pasillos, puentes y galerías. Acaso aquel edificio no tenía fin y,
caminara hacia donde caminara, sólo acabaría por llegar a un nuevo
principio... La idea me mareaba y me negué a aceptarla. Por más que fuera
consciente de estar soñando, en mi fuero interno quería suponer alguna
lógica en el trazado de aquel lugar, aún no discernible pero existente.
Decidí, pues, continuar mi viaje por el laberinto, no tomando en esta
ocasión la primera escalinata que encontré a mi paso, sino otra situada al
fondo de la nave. Subí.
Con el cansancio acumulado tras tanto deambular por el edificio y con
la incómoda sensación de estar desenredando un ovillo que alguien se
complacía en volver a liar detrás mío, el ascenso me pareció aún más
difícil que los anteriores. Al rato me detuve y me senté en uno de los
peldaños para recuperar el aliento. No debí hacerlo. Me ardían las plantas
de los pies y las pantorrillas me palpitaban con un dolor sordo. Me di
cuenta de que había apurado mis fuerzas y había estado avanzando por pura
inercia; una vez detenido me iba a costar mucho arrancar de nuevo.
Entonces oí el tañido.
Venía del vestíbulo y sólo podía haberlo producido la puerta de hierro
al cerrarse. Sentí el corazón en la garganta. No hay corriente de aire
capaz de mover aquella hoja y sólo alguien muy fuerte es capaz de
empujarla con la necesaria violencia para hacerla sonar de aquel modo.
Me incorporé; las piernas cedieron y caí de rodillas. Aunque la
adrenalina espoleaba mis músculos, éstos no encontraban energía a la que
recurrir. Cuando me di cuenta lloraba como un niño y estaba ascendiendo
empujándome con los codos. Alcancé un rellano al que se abrían varias
habitaciones. Conseguí apoyarme y ponerme en pie, más mal que bien. Entré
en una de las estancias. Si algo me seguía el rastro era consciente de que
jamás podría huir en aquel estado: debía encontrar un escondite. La
habitación no me ofrecía ninguno, pero al fondo aparecía una puerta y
detrás arrancaba otra escalera, más angosta. Bajo ella quedaba un hueco.
En su rincón más oscuro, a un metro de altura, se abría un agujero del
tamaño de un nicho. Me asomé y vi que se hundía profundamente,
descendiendo con una leve inclinación.
Abandoné la antorcha, me embutí en su interior y me arrastré algunos
metros. Resultaba muy difícil moverse allí dentro, con sus paredes
laterales ciñéndose a mis hombros y obligándome el techo a bajar la
cabeza. Estaba metiéndome en una maldita ratonera, pero no tenía ninguna
posibilidad de continuar adelante sin recobrar fuerzas.
Era imposible adivinar qué profundidad tenía el agujero y tal vez
condujera a alguna salida más adelante; sin embargo, cuando las tinieblas
me envolvieron por completo, dejé de arrastrarme, pues me aterrorizaba la
idea de que el túnel concluyera de repente en algún pozo. Giré y me
coloqué de espaldas. Aguardé inmóvil. El tiempo pasó, con el miedo
estirando los minutos como pequeños pedazos de eternidad. Sólo sé que de
pronto ya no estaba sólo.
En un principio no oí nada. Noté como una vibración en el aire, un
cosquilleo que me erizaba el vello. Contuve la respiración. Un sonido, un
leve susurro apenas perceptible, aumentaba de volumen con enervante
lentitud. Miré la boca de luz abierta a mis pies. El susurro se había
convertido en el nítido arrastrar de un cuerpo pesado sobre la piedra. Un
hedor intenso y dulzón, de cosas muertas, emponzoñó el aire. La claridad
se eclipsó. Algo se había detenido ante la entrada de mi escondite. Y
aguardaba.
Incluso el sudor que me bañaba pareció detenerse, helado, para aterir
mi piel. Cerré los ojos. Nunca he estado tan quieto. Contaba cada latido
de mi corazón, rompiendo contra mi pecho, y apenas me atrevía a exhalar el
aliento retenido. Recé e inventé oraciones para conjurar la sombra. No
debió permanecer allí más de un minuto, estoy seguro; nadie puede resistir
por más tiempo un terror tan intenso. Cuando me atreví a inclinar la
cabeza y mirar a la entrada del túnel me sentí viejo y agotado, como si
toda una vida se hubiera escurrido entre mis dedos. Mi perseguidor se
había marchado. Sollozando di gracias y renové mis promesas. Me abracé
para intentar detener el temblor convulso que, de golpe, se apoderó de mí.
No logré contenerme.
Aún tiritaba al despertar. El sol se vertía dentro del comedor a través
de las ventanas, limpio, cálido, con un vigor reconfortante. Escuché una
voz. Me incorporé, con el cuerpo dolorido por haber pasado la noche en el
sofá, y descubrí una muchacha dando cuenta de las noticias desde el
televisor encendido. Me dije que debía ser tardísimo, si el día brillaba
con aquel esplendor. Consulté el reloj de pulsera. Me quedé de piedra, con
la sensación de que algo se había roto en el buen curso de mi vida. La
una. El reloj marcaba la una y la claridad exterior no lo desmentía. ¿Cómo
había sido capaz de dormir tanto?
De acuerdo que al quedarme dormido en el sofá no contaba con el
despertador; pero incluso así no lo entendía. ¡Había dormido durante
catorce horas! Ya le he dicho antes que soy de sueño ligero y ni siquiera
el sonido del televisor a considerable volumen me había perturbado en lo
más mínimo. Tenía que estar enfermo; sólo algún trastorno físico
explicaría aquel sueño absorbente, el cansancio, la incapacidad para
concentrarme... Y las pesadillas recurrentes.
Me impuse un poco de calma; antes que de mí, debía preocuparme de otros
asuntos. Ya el día antes me había marchado del bufete dejando trabajo
atrasado y al siguiente no se me ocurría otra cosa que dormir hasta pasado
el mediodía. Fui al teléfono y marqué el número del despacho. Beatriz
contestó inmediatamente. La noté preocupada. Había llamado a casa en un
par de ocasiones durante la mañana, me dijo, para preguntarme si
continuaba enfermo. Por un momento el desconcierto me redujo al silencio;
al final respondí que sí, que mi gripe había empeorado, pasando una mala
noche, y por eso tomé el somnífero que no me había dejado oír sus
llamadas. Ya me encontraba mejor, añadí enseguida. Le pedí que anulara mis
citas del día y enviara un mensajero con los recursos de casación
pendientes de examinar, para poder trabajar algo. Beatriz asintió y se
ofreció a acercarse por casa al cerrar el bufete y echarme una mano. Se lo
agradecí, aunque rechacé su oferta. Si algo tenía claro era mi necesidad
de estar solo y pensar en lo que me estaba sucediendo.
Aunque lo intenté, no conseguí comer nada. Sentía el estómago revuelto
y un tremendo cansancio, como si realmente hubiera estado andando durante
horas. Me duché, me puse ropa limpia y, ya con la cabeza más despejada y
los documentos, que mientras tanto había traído un motorista, me dispuse a
emplearme de una vez por todas en algo productivo.
Al entrar en el despacho y sentarme tras la mesa únicamente tuve ojos
para el dibujo. Lo había colocado en un lugar estratégico, delante mío y a
la altura de la mirada, sin saber cómo iban a cambiar mis sentimientos
hacia él, pues la admiración empezaba a transformarse en repulsión. No era
tan ciego que no reconociera en el tema de la aguada el escenario de mis
pesadillas, y la coincidencia entre su regalo y el inicio de mis problemas
resultaba demasiado sospechosa. Casi sin darme cuenta, la perplejidad me
hizo considerar ideas que pocos días antes habría creído absurdas; pero
contemplando aquellos espacios cruzados por una maraña de pasadizos y
escaleras volví a repetirme que no era normal la intensidad de mis sueños,
que tal vez alguna extraña magia los ligaba a la obra de Cordiani.
¿Sonríe? Parece absurdo, es verdad. También mi primer impulso fue
concluir que todo se reducía a un irritante caso de persistencia. Igual
que durante días no puedes evitar tararear una y otra vez una melodía
pegadiza, mi entusiasmo por el dibujo se había transmitido a mis sueños.
Pero poco a poco empecé a hacerme preguntas y las conclusiones a las que
desembocaba no me gustaron en absoluto.
¿Acaso el dibujo poseía alguna clase de poder hipnótico? ¿De dónde
procedía su facultad fascinadora? Inspiradas en el trabajo de Cordiani,
según sabía ahora, Giambattista Piranesi realizó por dos veces diferentes
versiones de su serie de calabozos, las Carceri d'invenzione, con una
intensidad y una capacidad aterradora creciente, como si luchara contra
una imagen que le obsesionaba, como si su repetición supusiera un
exorcismo. Al consultar el libro de Kenneth Clark sobre los artistas
románticos me llamó la atención un comentario donde señalaba la hipótesis
de que el veneciano hubiera buscado la inspiración en el uso de las
drogas, como hiciera Coleridge. Yo afirmo, por experiencia, que Piranesi
ejecutó los grabados atormentado por el más poderoso de los alucinógenos:
las pesadillas.
De los estudios de Arnheim sobre psicología de la percepción sabía que,
al recibir una imagen, el cerebro desencadena un proceso mucho más
complejo que la simple y literal lectura de sus formas. Evalúa, traduce y
frecuentemente distorsiona; ciertos mecanismos innatos, combinados con
otros de carácter cultural, pueden conseguir, por ejemplo, que según la
posición ocupada sobre el papel, una misma mancha de tinta transmita una
sensación de calma o por el contrario parezca inestable e intranquilice al
observador. Si a un establo pintado de rojo acuden más moscas que a otro
de azul, como se ha comprobado experimentalmente, ¿no podrían formas y
colores ejercer alguna clase de influencia física, más allá de la
psicológica? Muchos lo han creído así, y no sólo los primitivos que
intentaban propiciar la caza dibujando a sus presas en las cavernas. En
algunos lugares del mundo aún hoy te buscas problemas fotografiando a la
gente, pues afirman que poseyendo su imagen capturas también su alma.
Durante siglos -basta hojear cualquier manual de ocultismo para
comprobarlo- los símbolos gráficos fueron elementos consustanciales a toda
operación mágica. El círculo protege, el pentagrama remite al hombre y al
microcosmos... Cada demonio posee un símbolo propio que es necesario
trazar si deseas invocarlo. Incluso si nos volvemos a fuentes más
respetables podemos encontrar a Platón, para quien los poliedros regulares
se corresponden con los elementos, en una suerte de caligrafía con la cual
Dios ha escrito el Universo.
Me preguntaba qué secretos de la geometría aprendió Cordiani en su
estudio de las catedrales, a qué mundos tenebrosos servían sus dibujos
como llave.
Sí, yo era el primero en darme cuenta de cómo me dejaba dominar por la
fantasía; la visión de aquel dibujo tenía el curioso efecto de hacerme
perder cualquier criterio lógico. Al comprender hacia dónde derivaban mis
razonamientos me puse de nuevo en pie. Fui hacia el cuadro, lo miré un
instante; vencí la indecisión. Lo descolgué y lo dejé boca abajo sobre una
silla.
Con cierto alivio descubrí que así me resultaba mucho más fácil
centrarme en el trabajo, pues lo último que deseaba era pasarme la tarde
pensando en las lóbregas mazmorras de Cordiani. La lectura de los legajos,
a menudo tan pesados, fue entonces un bálsamo de olvido. Hacia las ocho y
media acabé con el último recurso y los empaqueté todos para llevármelos
al día siguiente. ¿Qué hacer a partir de ese momento? Aunque no me lo
confesara, en algún lugar de mi mente titilaba una luz roja de advertencia
ante la llegada de la noche. No me apetecía sentarme a leer o ver alguna
película, y entre semana no era fácil encontrar un amigo al que las
obligaciones familiares y laborales permitieran acompañarme a tomar copas.
Necesitaba moverme.
Salí de casa, saqué el coche del garaje y conduje por las calles de
Barcelona sin un destino concreto. Llegué al extrarradio y durante horas
vagué por suburbios a los que nunca había visitado y para mí se
manifestaban como un país extranjero. Era de madrugada cuando me encaminé
a casa cruzando la ciudad por las Rondas. Con todo lo dormido, sentía los
párpados pesados y un picor en los ojos que me obligaba a cerrarlos. La
luz de las farolas se espesaba y lloraba largos calendizos de purpurina
sobre el asfalto... Los neumáticos rozaron la mediana, emitiendo un fuerte
tableteo. Di un volantazo a la derecha y un coche, al que no rocé por
apenas unos centímetros, descargó furioso el claxon antes de perderse en
la lejanía.
Estuve a punto de matarme. Sin darme cuenta me había quedado dormido al
volante, por suerte en un tramo recto. Hecho un flan, reduje la marcha y
abandoné la vía rápida por el primer desvío. Estaba lejos de casa, en
algún lugar de los alrededores de Glorias, pero no me atrevía a seguir
conduciendo. Aparqué en un solar, incliné el asiento del coche y, aún
nervioso por el incidente, me dispuse a dormir, olvidando por completo los
recelos.
Como una bestia agazapada a la espera de su víctima, la pesadilla saltó
otra vez sobre mí. Los corredores sombríos, las cadenas, la piedra húmeda
y enmohecida regresaban, pero yo no andaba. Corría. Corría porque sentía a
la cosa detrás de mí; porque oía su arrastrar, veloz ahora; porque me
quemaba en el paladar el hediondo olor de la putrefacción. No lograba
escaparme. Por más que me esforzara en aumentar la velocidad de la
zancada, los sonidos a mis espaldas no se distanciaban, sino permanecían
constantes. Parecía sometido a un juego cruel, pues a aquello que me
perseguía le habría bastado en cualquier momento alargar sus zarpas para
atraparme, tan corto espacio nos separaba; pero no lo hacía, por malicia,
por pura diversión, regodeándose en mi terror, buscando aumentar el placer
que le proporcionaba.
Sólo en algunos sectores del edificio especialmente intrincados creí
perderle por momentos, llegándome su resollar no ya de detrás mío, sino
apagado por algún muro interpuesto. La ilusión se desvanecía al doblar
alguna esquina y descubrir, por un brillo repentino en la oscuridad o un
murmullo disimulado, que había abandonado el rastro para dar un rodeo y
atajarme.
Habría jurado que transcurría un siglo, que mi huida se desarrollaba
sobre una de esas cintas móviles donde es imposible avanzar. No había
medida para el tiempo en aquel edificio de ventanas inalcanzables: la luz
apenas cambiaba con las horas y sólo entregaba una claridad mortecina,
gris, de albor invernal, como si el mundo acabara en los límites de piedra
de aquella prisión y nada existiera mas allá, salvo un limbo sin día ni
noche.
Corría, sí. Corría sin parar, corría ciegamente, gimiendo de angustia
por no saber cuanto me quedaba antes de ser capturado. Porque de que me
iba a coger no cabía ninguna duda. Tan obcecado estaba que no me di cuenta
de los golpes hasta que la cosa bramó molesta. Eran unos impactos lejanos,
casi inaudibles, como una nota grave de órgano, aunque se multiplicaban en
forma de eco por las bóvedas de las galerías. Los muros empezaron a
vibrar. Desvaídos, se enturbiaban repentinamente faltos de peso y
consistencia. Me detuve, intenté tocar uno y vi a mi mano atravesarlo: no
habría sentido menos oposición si hubiera probado a palpar la niebla. Me
arrojé contra la pared y la crucé, encontrándome al otro lado. Mi
perseguidor gruñía, en una mezcla de furia y dolor. Aunque estaba al borde
de la extenuación, viendo que de algún modo se me brindaba una
oportunidad, hice acopio de fuerzas y me alejé a la carrera por el nuevo
pasillo. Los golpes se hicieron más fuertes y la bestia rugió de nuevo,
esta vez sin desconcierto. Semejaba una fiera que se revuelve y entabla
combate. Los muros dejaron de temblar, recobraron cuerpo; se apagaron los
golpes. Mi auxiliador, fuera quien fuese, había fracasado y la cosa
recobraba su dominio sobre el reino de los sueños.
Había obtenido alguna ventaja, sin embargo. El pasillo me condujo a
otro más ancho, sin apenas bifurcaciones. Parecía un corredor principal...
¿Una salida? No me atreví a abrazar demasiadas esperanzas. Lo seguí por
más de cien metros y al final tropecé con una puerta metálica, similar a
la encontrada la noche anterior sirviendo de acceso a uno de los
vestíbulos. Me apoyé en su hoja para abrirla. La cosa aulló.
Me volví hacia la voz y vi que había encontrado mi pista. Estaba aún
distante; pero avanzaba deprisa y aceleraba. No podría detallar su
aspecto; el recuerdo es confuso, apenas una cicatriz en la memoria, como
si su forma no se ajustara a ninguno de los moldes para los que inventamos
las palabras: sólo guardo una impresión de asco y una forma borrosa y
negra, vagamente esférica, todo dientes y garras rebotando contra los
muros en su apresurado avance.
Empujé la puerta. Entré y cerré a mis espaldas. Con desesperación,
busqué alrededor algo para afirmarla. Arrumbada contra la pared encontré
una viga de madera. La levanté y la inserté en las guías que a tal fin
poseían muro y puerta. Justo a tiempo. La hoja de hierro se sacudió bajo
un fuerte impacto. Un instante de silencio. Otra sacudida. Esperé,
expectante, a que la cosa arremetiera de nuevo; pero no lo hizo. Se había
rendido, y demasiado pronto como para sentirme tranquilo. ¿Por qué? ¿Por
qué no intentaba derribar la puerta? Una risa, dentro de la sala, me
revolvió las entrañas. Y, al descubrir quién la había emitido, grité.
Me desperté preso del pánico, con los puños prietos y los cabellos
revueltos y empapados en sudor. Los golpes habían regresado y estallaban
contra mi sien. Existían; no eran una alucinación más. Levanté la cabeza
apoyada contra la ventanilla. Un policía llamaba al cristal con los
nudillos; le miré sin acabar de comprender dónde estaba y qué hacía allí.
El agente se inclinó para mirar al interior del coche y me preguntó si me
encontraba bien y por qué estaba gritando. Giré la llave en el contacto y
bajé la ventanilla. Como pude me disculpé. Expliqué que estaba soñando,
que conduciendo de noche me había sentido amodorrado y había decidido
detenerme allí para echar una cabezada. El guardia no pareció convencerse
-eran más de las cuatro de la tarde, según comprobé después-. Me pidió la
documentación. La examinó, me miró atentamente, y tras unos segundos de
espera se llevó la mano a la gorra y me dio los buenos días. Con tal
lacónico saludo volvió a su coche patrulla.
Apoyé la frente contra el volante, todavía un poco mareado por el
brusco despertar. No lo resistía, pensé; me estaba volviendo loco. En unos
segundos tomé una determinación. Si quería librarme de la pesadilla debía
averiguar todo lo posible sobre el dibujo: tal vez así conseguiría
encontrar algún dato que explicara su ponzoñosa influencia. Hablaría con
Alfredo Gozzi, su propietario hasta ahora. Él tenía que saber algo.
Gozzi vive en uno de esos pisos del Eixample increíblemente espaciosos
y de fantástica decoración modernista. Sin miramientos, dejé el coche en
doble fila y subí a su casa. Me abrió una doncella, que me hizo esperar en
una salita mientras me anunciaba. Fue el propio Alfredo quien vino a
buscarme, siempre atento, aunque con una expresión inusualmente distraída.
Debí observarle con demasiada atención o sorpresa, pues al estrecharme la
mano me pidió disculpas. Últimamente había pasado unas noches espantosas,
confesó.
En ningún momento le mentí; no obstante reconozco haber ocultado parte
de la verdad. Expuse mi entusiasmo por su regalo y cómo había encontrado
algunas referencias sobre el autor entre las cartas de Walpole. No eran
muchas, de cualquier forma, pero sí las suficientes para excitar mi
curiosidad. Se me había ocurrido que quizá él pudiera contarme algo más.
Alfredo se rascó la barbilla, recapacitando. Cuando decidió hacerme el
obsequio, dijo, había estado revolviendo dibujos sin una idea
preconcebida. Creía haberlo tomado de una carpeta con otras aguadas de
idéntico tema. Me rogó que le acompañara.
Fuimos al gabinete donde guardaba los grabados, dibujos y algunos
volúmenes de bibliófilo. La colección reposaba en estanterías numeradas
para su ordenación. Alfredo fue hasta un archivador y me preguntó el
nombre del dibujante. Le respondí. Se puso a buscar en uno de los cajones
y extrajo una cartulina, que me entregó. Escrita a mano, con la clásica
letra cursiva de moda medio siglo atrás, contenía una escueta descripción
de la obra, con su técnica de ejecución y dimensiones. Debajo, como fecha
de compra, figuraba 1761, de F. Gozzi a G. Piranesi. Según la tarjeta -y
eso me interesó- mi dibujo formaba parte de una serie de cuatro. Le
comenté el detalle a Alfredo. Asintió, mirando el número de la ficha.
Cogió una pequeña escalera y fue hasta los estantes, de donde bajó una
carpeta azul cerrada con lazos. Me la alargó. Cuando hice ademán de
abrirla, Alfredo me detuvo. La repulsión se adivinaba en su gesto, por más
que intentara disimularla. Sin necesidad de preguntarle, descubrí que
también él soñaba con una cárcel de inacabables estancias, que un breve
vistazo al dibujo, al seleccionarlo como regalo, le había bastado para
caer atrapado en el hechizo de Cordiani. «No mires los dibujos aquí, por
favor». Calló un instante, buscando una excusa: «Perdóname, pero no puedo
dedicarte mucho más tiempo. Tengo un compromiso urgente. Llévatelos sí
quieres, estúdialos y ya me los devolverás. O mejor quédatelos...», dijo.
No discutí. Mi única preocupación era examinar las restantes aguadas;
si quería librarse de ellas no era asunto mío. Le di las gracias, me puse
bajo el brazo la carpeta y salí a la calle. En el primer banco que
encontré, delante mismo de la casa de Alfredo, me senté a examinar su
contenido.
Deshice los lazos. Del interior saqué tres dibujos a tinta, en unas
hojas de papel amarillento. No cabía duda de la autoría, aun sin consultar
su firma: idéntico tratamiento del claroscuro, idéntica minuciosidad e
idéntico tema arquitectónico al del dibujo de Cordiani en mi poder. Pero
lo que más me asombró fue la similitud de aquellas imágenes con los
escenarios por los que había transitado durante mis sueños. En uno vi
perfectamente descrito el enorme salón de mi segunda noche, con su puerta
de hierro, sus galerías y sus escaleras, que conducían a un dédalo de
pasillos; en otro se representaba un corredor estrecho y oscuro, en cuyos
muros rezumantes se abría un sin fin de nuevos pasajes, como los
recorridos en una fuga desesperada muy pocas horas atrás. Quedaba un
tercero. Lo cogí, ansioso por descubrir qué pesadilla me anticipaba. Sin
darme cuenta, carpeta y dibujos cayeron de mis rodillas. ¡Ojalá jamás lo
hubiera contemplado!
El enigma de aquella trampa me lo desnudó Cordiani con absoluta
crueldad, pues si en las otras aguadas sólo había representado los
interiores vacíos del edificio, ahora por fin dibujaba a sus
constructores. Dentro de una sala manipulaban mecanismos de insólitos
apéndices, como científicos estudiando la física del dolor... ¿Qué
sabiduría buscaban con su inhumana indiferencia? ¿Qué catálogo de
suplicios precisaban completar? No me pregunte, por favor. ¿He de
describir aquellos seres deformes e insanos, y la satisfacción en sus
rostros, mientras desmembraban un cuerpo todavía reconocible como humano?
Por eso, desde entonces, no he dejado de vagabundear de un lado para
otro, arrastrándome por las calles hasta la extenuación, luchando para no
dormirme. Lo he probado todo: cafeina, pastillas, duchas frías, y casi no
me sirven de nada. Me mareo, se me nubla la vista. Es imposible ganar la
partida; aunque después de haber visto aquello, cada minuto es un
regalo... Gracias al último dibujo conozco la verdadera naturaleza del
mundo al que el loco Cordiani abrió una puerta y sé que no fue el
cabalista quien lo destrozó de forma tan espantosa allá en su
buhardilla... Sí, los he visto; y ellos a mí. Ahora, después de tantos
siglos de aburrimiento, de refrenar sus apetitos, les basta esperar el
instante en que cierre los ojos para tener un nuevo juguete... ¡Por eso no
me atrevo a dormir! ¡Otro café! ¡Por lo que más quiera, déme otro café!